I. Prolegómenos a una Beca que Nadie Supo Leer
Permítame el lector —con la condescendencia que el asunto merece y que me reservo como prerrogativa profesional— que comience por enunciar el problema en sus términos más descarnados.
En enero de 2018, LaLiga anunció un domingo, con la urgencia propia de quien ha extraviado las llaves del coche, que nueve futbolistas saudíes —siete profesionales, dos juveniles— llegarían a Primera y Segunda División en calidad de cedidos remunerados. La iniciativa, sufragada con generosidad inverosímil por la General Sports Authority del reino, recibió la denominación periodística de Erasmus futbolístico, denominación que —y aquí inicio el primer paréntesis envenenado de la jornada— (presupone que el lector recuerda que el Erasmus fue originalmente un programa de intercambio académico y no, como parecen creer los redactores de El Mundo Deportivo, un reality show de integración cultural pagado por terceros).
El resultado deportivo inmediato fue, como era previsible para cualquiera que hubiese aplicado el más rudimentario cálculo probabilístico, un fracaso. Arabia Saudí ganó únicamente a Egipto en el Mundial de Rusia de 2018 y no superó la fase de grupos. Ninguno de los becarios mostró nivel suficiente para prolongar su estancia en España. El programa, medido por sus propios términos declarados, produjo un rendimiento neto que la Asociación para la Investigación de Medios hubiera calificado de cero estadístico.
Y sin embargo.
II. El Becario que Resultó Ser el Texto
Uno de aquellos nueve futbolistas disputa esta tarde el partido de fase de grupos del Mundial 2026 ante España con el brazalete de capitán al brazo y el dorsal diez a la espalda. Salem Al-Dawsari, treinta y cinco años, más de cien internacionalidades, veintiséis goles con la selección nacional, estrella indiscutible del Al-Hilal y figura reconocida en la totalidad del espectro mediático árabe.
La pedagogía occidental, en su soberbia epistemológica característica, le enseñó treinta y tres minutos. Él aprendió lo que consideró necesario y descartó el resto con una economía cognitiva que debería sonrojarnos.
Álvaro González, central del Villarreal en aquella época, lo recuerda con la precisión condescendiente del nativo que juzga al visitante: «Técnicamente era muy bueno. Cogía el balón y buscaba la portería, pero no sabía que había que defender. Tácticamente era un desastre». La frase, pronunciada con la naturalidad del que cree estar emitiendo un diagnóstico, es en realidad el autorretrato involuntario de una concepción del fútbol incapaz de procesar un modelo distinto al propio.
Al-Dawsari no ignoraba que había que defender. Al-Dawsari había decidido, con lucidez que sus interlocutores no supieron leer, que defender no era su función específica en el sistema de juego para el que había sido construido como futbolista. La distinción es filosóficamente relevante, aunque comprendo que no lo parezca desde el banquillo amarillo.
III. La Fenomenología de los Treinta y Tres Minutos
Permítanme señalar que esos treinta y tres minutos transcurrieron en El Madrigal, en la última jornada de Liga, contra el Real Madrid, en un partido que terminó dos a dos. Al-Dawsari sustituyó a Javi Fuego en el minuto cincuenta y siete. Tres minutos después entró Benzema, con quien compartiría vestuario años más tarde en el Al-Ittihad.
La imagen merece detenimiento: un futbolista que la prensa europea consideró un desastre táctico pasa los años siguientes entrenando junto a Benzema, Malcom y Theo Hernández —como señala Luismi Loro, segundo entrenador del Villarreal en aquella época— mientras el fútbol europeo continúa evaluando el intercambio como un fracaso sin extraer ninguna conclusión útil de él.
Esto es lo que en epistemología llamaríamos un error de categoría. (Wittgenstein, en sus Investigaciones Filosóficas, diferenciaba entre no saber y no saber que no se sabe. El caso que nos ocupa ilustra la segunda modalidad, aunque la atribuyo al análisis deportivo contemporáneo, no al futbolista.)
El Villarreal, por su parte, recuerda con cierto orgullo que el anuncio de la cesión de Al-Dawsari multiplicó el tráfico procedente del Golfo Pérsico en su página web oficial. Es decir: el mayor beneficio cuantificable del programa para el club español fue de naturaleza estrictamente publicitaria. La pedagogía fluía, evidentemente, en dirección contraria a la prevista.
IV. El Erasmus como Dispositivo de Reproducción Simbólica
Herbert Marcuse —a quien los redactores deportivos atribuirían con total probabilidad a Pierre Bourdieu o quizás a algún entrenador de la cantera del Betis— describió en su análisis del hombre unidimensional la tendencia de las instituciones establecidas a absorber y neutralizar todo aquello que las interpela. El programa LaLiga-Arabia Saudí de 2018 es un ejemplo modélico de este mecanismo: se importaron jugadores de un fútbol radicalmente distinto, se los sometió durante seis meses a los imperativos tácticos de la primera y segunda división española, se constató que no se adaptaban del todo, y se concluyó que el problema residía en los jugadores.
Nadie preguntó qué podría aprender el fútbol español del modelo saudí. La pregunta no era formulable desde dentro del dispositivo.
Luismi Loro, hombre de experiencia indudable, explica: «Recuerdo que tenía mucha calidad. Era muy eléctrico en el uno contra uno, de esos jugadores que salen del regate con facilidad. Pero luego le faltaba tomar bien la última decisión, que es algo que aún les cuesta mucho a los jugadores saudíes».
Observo, sin ánimo de polemizar aunque tampoco con ningún ánimo de contenerme, que Al-Dawsari lleva veintiséis goles internacionales y esta tarde enfrenta a la selección española como capitán en un Mundial. La «última decisión» parece haberla ido perfeccionando con el paso de los años, con independencia de los treinta y tres minutos de exposición curricular que le ofreció el fútbol peninsular.
V. Rodrigo Hernández y el Saludo de los Capitanes
Hay un detalle de notable ironía estructural en este asunto, que reproduzco para el lector sin comentario adicional, pues la situación se basta sola: en aquella plantilla del Villarreal de 2018 militaba también un jovencísimo Rodrigo Hernández, hoy Rodri, mediocampista del Manchester City. Esta tarde, en el sorteo de capitanes previo al partido, ambos se saludarán.
El becario y el compañero de vestuario. El «desastre táctico» y el mejor centrocampista del mundo. Reunidos de nuevo, esta vez en igualdad de condiciones protocolarias, con un brazalete de capitán cada uno y el peso de una selección nacional sobre los hombros.
Si alguien en LaLiga tuvo la capacidad de prever este desenlace en enero de 2018, no he encontrado constancia documental de ello.
VI. Conclusión: El Neymar de Arabia y el Espejo Roto
Álvaro González, que solo comprendió quién era Al-Dawsari cuando emigró al fútbol árabe y lo vio en anuncios de televisión y carteles publicitarios —«era el Neymar de Arabia», dice, con esa precisión referencial que solo puede producir quien necesita una coordenada europea para calibrar cualquier grandeza ajena—, ofrece sin quererlo la clave de lectura de todo el episodio.
El programa de 2018 no fracasó porque los jugadores saudíes fueran deficientes. Fracasó porque fue concebido íntegramente como un flujo unidireccional de conocimiento: Europa enseña, Arabia aprende. El becario que esta tarde porta el brazalete lleva ocho años demostrando que el intercambio fue, en realidad, bidireccional. Que él observó, procesó y continuó desarrollándose con recursos que el fútbol español nunca consideró relevantes evaluar.
Treinta y tres minutos en El Madrigal. Ciento y pico internacionalidades. Veintiséis goles. Capitán ante España en un Mundial.
Discipulus magistrum superavit, quod nemo praedicere dignatus est.