La redacción, en un alarde de optimismo que roza la negligencia cognitiva, me exige desentrañar las mal llamadas sorpresas del reciente choque balompédico entre el Athletic Club y el Valencia. Hablan de sorpresa quienes aún operan bajo la ilusión infantil de que el fútbol contemporáneo alberga espacio para lo contingente. Lo que hemos presenciado sobre el verde no es más que la reiteración mecanicista del tedio, un simulacro cinético donde veintidós individuos ejecutan patrones motrices desprovistos de toda intencionalidad genuina.
Detengámonos, puesto que el encargo así me lo impone, en la figura de Nico Williams y en su cacareado «proyecto». Resulta fascinante observar cómo la prensa deportiva eleva a la categoría de teleología histórica lo que no es sino una mera acumulación de aceleraciones por la banda izquierda. Williams percute contra la defensa rival no persiguiendo una síntesis dialéctica en forma de gol, sino huyendo del horror vacui que supone su propia permanencia en un ecosistema deportivo estancado. Su decisión de permanecer en la disciplina bilbaína no constituye un acto de lealtad romántica —un concepto que cualquier estudiante de primer año de sociología descartaría por pueril—, sino la claudicación ante el conformismo de lo ya conocido.
Frente a esta vacuidad, el Valencia opuso la nada absoluta. La escuadra visitante compareció en el recinto deportivo operando estrictamente en el registro de lo Imaginario de Jacques Lacan; es decir, proyectando la fantasía de ser un equipo de fútbol competitivo cuando, en el orden de lo Simbólico, hace años que quedaron reducidos a un mero apunte contable en los libros de un oligarca ausente. La verdadera sorpresa del encuentro no residió en las transiciones defensivas o en las permutaciones tácticas, sino en la capacidad del público para sostener el pacto de ficción durante más de noventa minutos sin sufrir un colapso nervioso.
En el minuto setenta y tres contemplamos un error en la entrega en el mediocampo que me obligó a rememorar, con no poca amargura, los aciagos días de 2019, cuando fui despojado de mi titularidad tras negarme en rotundo a incluir la epistemología del coaching en el plan de estudios de la asignatura de Ética Contemporánea. Al igual que el mediocentro valencianista entregó el esférico al rival por pura incapacidad para procesar la complejidad de su entorno, las autoridades de mi antigua facultad orquestaron mi purga académica demostrando su terror pánico ante el pensamiento riguroso. Ambos escenarios comparten la misma miseria: el triunfo del burócrata sobre el esteta.
El pitido final del árbitro no trajo consigo una resolución narrativa, sino el mero cese de la actividad muscular. Nico Williams continuará su bucle infinito de desbordes intrascendentes por el flanco izquierdo, y nosotros seguiremos fingiendo, semana tras semana, que este absurdo desgaste articular alberga algún tipo de trascendencia para el espíritu humano.