El domingo que merece un funeral preventivo
Marisa me estaba diciendo esta mañana, mientras yo miraba el calendario pegado en la nevera con un imán del Carnaval de Xinzo, que no me pusiese así. Que era solo fútbol. Que me tomase el café sentado y en silencio.
Marisa, con todo el cariño del mundo, no ha visto lo que yo he visto esta semana.
Cinco equipos. Dos plazas para bajar. Una jornada. Y encima todos empatados a cuarenta y dos puntos menos el pobre Mallorca, que ya no depende de sí mismo y tiene que ganar y esperar que otros pinchen, lo cual es básicamente pedirle al vecino que te arregle el coche mientras también le pides que no corra para llegar antes que tú al taller.
Esto no es fútbol. Esto es una sala de espera de urgencias con música de ambiente y el médico que no aparece.
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La resurrección del Levante y la condena del Mallorca
Empecemos por donde más duele. El Levante, que hace tres semanas parecía un cadáver con botines, le ha ganado al Mallorca con goles de Espí y Arriaga. El Levante. Que encima tiró un penalti al palo en el proceso, como si quisiera hacer sufrir hasta en los momentos de gracia divina.
El resultado de ese partido ha dejado al Mallorca con 39 puntos y sin mando sobre su destino. Ahora tienen que ganar al Oviedo en Son Moix —el único equipo que ya está matemáticamente descendido, con lo cual no tienen nada que perder, que es la peor clase de rival que existe— y además esperar que otros tropiecen.
"Dependemos de nosotros", dijo alguien del cuerpo técnico mallorquinista en la zona mixta, con esa cara de quien acaba de ver el recibo de la comunidad después de que se haya roto la tubería general.
No dependen de ustedes. Dependen de los demás, del azar cósmico, y quizás de algún tipo de intervención divina que yo, con setenta y dos años de ver fútbol en este país, no he presenciado más de tres veces.
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La final que nadie pidió pero todos merecen
Girona y Elche. Montilivi. Domingo a las nueve de la noche.
El Elche le ganó al Getafe con un gol de Víctor Chust y está con cuarenta y dos. El Girona perdió en el Metropolitano contra el Atlético —gol de Lookman, que tiene el talento específico de marcar cuando más daño hace— y está con cuarenta. En descenso.
Estos dos equipos van a jugar entre sí la última jornada. Una final directa. El que pierda, con mucha probabilidad, baja a Segunda.
Yo entiendo que esto le parece emocionante a la gente del marketing, a los de los gráficos de LaLiga, a los locutores del podcast de turno que ahora mismo estarán preparando el micro con las uñas de la emoción. Pero hay familias enteras en Elche y en Girona que llevan tres meses sin dormir bien. Entrenadores que tienen el tic en el ojo derecho instalado desde febrero. Directivos que han envejecido quince años en doce meses.
Eso no es espectáculo. Eso es sufrimiento enlatado para consumo ajeno.
Sí, ya sé, ya sé — parezco mi suegro cuando se quejaba de que los partidos deberían terminar siempre en empate para que nadie se pusiera nervioso. Pero mi suegro tenía un punto, aunque no supiera explicarlo.
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Osasuna y la lección de no cerrar antes
Osasuna tenía el partido del sábado ante el Espanyol. En El Sadar. En casa. Con la permanencia casi en la mano.
Empate. Un punto. Y ahora tienen que ir al Coliseum a jugar contra el Getafe, que además se está jugando Europa League, que además va a saltar al campo con el cuchillo entre los dientes.
Un punto en casa, señores. Un punto. En casa. Que es lo que se le pide a un equipo que quiere salvarse antes de la última jornada: no complicarse la vida en casa con el Espanyol.
Yo recuerdo que en el Lestedo, cuando llevábamos una racha de tres empates en casa y el presidente nos bajó la dieta de los bocadillos, el Pichi Lucas nos reunió en el vestuario y dijo una cosa muy sencilla: "Los puntos de casa son los que pagan el alquiler. Los de fuera son los que te permiten poner calefacción." Y tenía razón. Nunca se me ha olvidado. Y eso que el Pichi no era precisamente un hombre de filosofía.
Osasuna ahora tiene que pagar el alquiler en casa ajena. Eso tiene un nombre y no es bonito.
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El Levante, el Betis y la lógica del que ya está salvado
El Levante, con cuarenta y dos puntos, visita al Betis. El Betis que ya tiene plaza de Champions. El Betis que no tiene absolutamente nada por lo que jugarse. El Betis que puede poner a los titulares, a los suplentes, a los canteranos de diecisiete años y al fisio si hace falta, porque el resultado no les afecta en nada.
Un punto le sirve al Levante para salvarse. Un punto. Y enfrente tienen a un equipo que va a jugar sin presión, sin miedo, quizás con las piernas más sueltas que han tenido en todo el año.
Esto puede ser un regalo o una trampa. Depende de si el Betis decide salir a presionar o a pasear. Y uno nunca sabe cuándo un equipo sin nada que ganar decide salir a demostrar que sí tiene algo que demostrar, que la honra profesional existe y que no van a regalarle nada a nadie.
Lo de la honra profesional en el fútbol moderno es un concepto que cada temporada cuesta más encontrar, pero a veces aparece. Generalmente cuando menos te conviene.
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Lo que el domingo nos va a dejar
A las nueve de la noche del domingo, cuando piten los árbitros en los diez campos simultáneos, sabremos quién baja. Sabremos si el Mallorca obró la carambola. Sabremos si Girona o Elche sobrevive. Sabremos si Osasuna consiguió el milagro laico del Coliseum.
Y habrá tres equipos que se queden sin Primera. Tres vestuarios donde alguien va a llorar de verdad, no de esa manera televisiva que ahora se lleva, sino de esa manera de quien sabe que los siguientes doce meses serán en Eibar un martes de enero con niebla.
Marisa me ha dicho que si me pongo a dar gritos a la pantalla me apaga el televisor.
Tiene todo el derecho. Pero el domingo voy a necesitar el volumen.
HASTA EL SÁBADO. (EL SÁBADO, MÁS DE LO MISMO.)