La redacción de este medio, en su infinita miopía editorial, me sugiere hoy que dedique mis menguadas energías a analizar un presunto ensayo de pasillo de Dani Carvajal al Barcelona, motivado, al parecer, por rencillas freudianas con Álvaro Arbeloa. (Asumo que el lector medio, cuya dieta intelectual consiste en consumir exabruptos en minúsculas de tuiteros analfabetos, encontrará fascinante este sainete de patio de colegio). Me niego rotundamente. Semejante catástrofe epistémica solo confirma la decadencia del periodismo deportivo contemporáneo, incapaz de discernir la verdadera praxis balompédica.
Prefiero, por tanto, centrarme en la dialéctica materialista que verdaderamente nos ocupa: el inminente choque de semifinales de la Liga de Campeones entre el Arsenal y el Atlético de Madrid. Diego Pablo Simeone, en un ejercicio de cinismo que haría sonrojar al mismísimo Maquiavelo, ha decidido aplicar una epojé fenomenológica sobre el Campeonato Nacional de Liga. Al suspender todo juicio y esfuerzo sobre una competición matemáticamente inalcanzable, el técnico argentino ha despojado al partido contra el Valencia de cualquier significado teleológico.
Mientras el Atlético presentaba en Mestalla una alineación compuesta por individuos que apenas han desarrollado vello facial (una auténtica tabula rasa táctica), Mikel Arteta se veía forzado por el imperativo categórico kantiano de la Premier League a exprimir a sus titulares. El Arsenal, prisionero del mito de Sísifo, obliga a Bukayo Saka y a Declan Rice a empujar la pesada roca del diferencial de goles fin de semana tras fin de semana, solo para verla rodar cuesta abajo ante la implacable maquinaria del Manchester City.
La asimetría del agotamiento
El resultado de esta divergencia filosófica es evidente. Los 'gunners' llegarán al Emirates Stadium convertidos en engranajes exhaustos de la razón instrumental capitalista, obligados a producir victorias sin descanso. Simeone, por el contrario, ha comprendido que la Liga es, a estas alturas, un constructo vacío, una ilusión óptica que solo sirve para desgastar el tejido muscular de quienes aún creen en las narrativas oficiales.
Esta asimetría fisiológica me retrotrae, inevitablemente, a la final de la Telekom S-League de las Islas Salomón de 2012. En aquella ocasión, el Solomon Warriors masacró a un exhausto Western United, cuyo entrenador había cometido la imprudencia de alinear a sus titulares en un intrascendente torneo regional de futsal tres días antes. La historia, como la acumulación de lactato en los isquiotibiales, siempre se repite.
El próximo martes, cuando los pulmones de los londinenses colapsen bajo el peso de su propia autoexigencia doméstica, Simeone recogerá los frutos de su nihilismo ilustrado. Sic transit gloria musculorum.