La jornada trigésimo quinta del Campeonato Nacional de Liga nos ha deparado un enfrentamiento entre la Real Sociedad y el Real Betis Balompié, un choque que la prensa deportiva tradicional (esa catástrofe epistémica que insiste en llamar 'finales' a los partidos de mayo) ha enmarcado en la vulgar y teleológica lucha por los puestos europeos. Sin embargo, lo acontecido sobre el verde de Anoeta trasciende la mera disputa por el coeficiente UEFA para adentrarse en los pantanosos terrenos de la fenomenología y la crisis de la representación.
El primer síntoma de esta decadencia simbólica lo encarna Mikel Oyarzabal, quien, según los exégetas del dato, ha alcanzado la cifra de cien goles en la competición. ¿Y qué? Celebrar el gol número cien no es un acto de júbilo deportivo, sino la claudicación definitiva del espíritu humano ante la tiranía del sistema decimal. (Asumo que el lector medio, cuya dieta intelectual se reduce a los resúmenes de un minuto en plataformas de dudosa moralidad, jamás se ha cuestionado por qué no celebramos con igual pompa el gol número noventa y siete o el ciento tres). Edmund Husserl ya nos advirtió en su momento sobre la matematización de la naturaleza; hoy presenciamos la matematización del balompié, donde el jugador queda reducido a un mero acumulador de estadísticas vacías, despojando al acto de perforar la red de cualquier aura mística.
Pero el verdadero abismo filosófico de la velada nos lo proporcionó el técnico local, Matarazzo, al declarar en la sala de prensa con una ligereza aterradora: «Metimos dos goles, otros dos en fuera de juego y tuvimos una para ganar». Detengámonos en esta monstruosidad conceptual. Matarazzo equipara, en la misma estructura sintáctica, el gol fáctico con el gol anulado. Para el técnico, el gol en fuera de juego posee la misma validez ontológica que el tanto validado, sumiendo a la grada en una esquizofrenia semántica de proporciones dantescas.
Asistimos aquí al triunfo absoluto del simulacro teorizado por Jean Baudrillard: el VAR ha asesinado a la realidad material del juego. El aficionado ya no reacciona ante el balón cruzando la línea de cal, sino que aguarda, sumiso, la representación gráfica de una línea trazada por un software de dudosa calibración geométrica. El gol anulado se convierte así en un espectro, una hauntología derridiana que persigue el marcador sin llegar a materializarse jamás.
Esta disolución de la frontera entre lo que es y lo que pudo ser me retrotrae, inevitablemente, al infame empate a cero entre el Hoang Anh Attapeu y el Lao Toyota FC en la Liga Premier de Laos de 2014. En aquella ocasión, el colegiado anuló siete tantos por posición antirreglamentaria, provocando que los espectadores abandonaran el recinto convencidos de haber presenciado una goleada histórica que jamás existió en las actas oficiales. La Real Sociedad y el Betis parecen empeñados en replicar aquel experimento de privación sensorial.
El conjunto verdiblanco, por su parte, se limitó a deambular por el césped donostiarra como un ente desprovisto de voluntad, atrapado en la misma red de hiperrealidad que sus anfitriones, incapaz de formular una antítesis válida al monólogo local. Nihil novum sub sole, y mucho menos en San Sebastián.