La negación como patología de masas
La grada del Ramón Sánchez-Pizjuán desplegó ayer un lienzo con la inscripción 'Ni retirada ni rendición'. Semejante lema, lejos de constituir un acto de valentía deportiva, opera como el síntoma inequívoco de una psicosis colectiva. El sevillismo se niega a aceptar su destino teleológico, que no es otro que la Segunda División, abrazando una fe irracional que me recuerda poderosamente a la desesperación descrita por Søren Kierkegaard en La enfermedad mortal: la angustia suprema de no querer ser uno mismo. En este caso, el Sevilla se niega a ser el equipo desahuciado que la estructura misma del universo le exige ser.
El encuentro comenzó con un retraso de diez minutos motivado por un fallo técnico en el dispositivo del VAR. Durante ese lapso de silencio tecnológico, los veintidós individuos sobre el terreno de juego se vieron obligados a confrontar el vacío existencial de su propia inoperancia. Sin la máquina para dictar la moralidad de sus actos, los jugadores deambulaban por el césped como almas en pena, incapaces de articular una sola jugada que justificara sus desorbitados salarios.
Espasmos galvánicos en Nervión
El desarrollo del partido fue un monumento a la decadencia. El Espanyol, una entidad que acumula dieciocho jornadas sin conocer la victoria y que deambula por el campeonato con la misma vitalidad que un zombi en un centro comercial, logró adelantarse mediante un tanto de Dolan. Fue entonces cuando el Sevilla, espoleado por el terror al abismo, perpetró su supuesta remontada.
«El equipo ha demostrado resiliencia ante la adversidad», balbuceó el técnico local en la sala de prensa posterior, utilizando un término prestado de la autoayuda barata para enmascarar lo que la ontología define claramente como una simple prórroga del sufrimiento.
Los goles de Castrín y Akor Adams no representan un triunfo del espíritu humano. El gol de Akor Adams no es una victoria, es simplemente el espasmo muscular de un cadáver al que se le aplica corriente galvánica. La grada celebró estos aciertos con un júbilo desmedido, ignorando que el calendario venidero, con enfrentamientos ante el Villarreal y el Real Madrid, actuará como el verdugo implacable que restaurará el orden cósmico.
La ceguera epistémica de la victoria
Esta falsa sensación de seguridad, esta creencia pueril de que un indulto temporal altera la realidad estructural del fracaso, es exactamente la misma ceguera epistémica que presencié en los rostros de mis antiguos colegas de facultad durante la primavera de 2019. Sonreían afablemente en los pasillos y me invitaban a cafés de máquina mientras redactaban a mis espaldas el expediente administrativo que culminaría en mi cese. Creyeron que eliminar la disidencia intelectual salvaría su mediocre plan de estudios, del mismo modo que el Sevilla cree que ganar al Espanyol le salvará del descenso. Ambas premisas nacen de una profunda indigencia analítica.
Como bien estableció Ludwig Wittgenstein en sus Investigaciones Filosóficas, el significado de una palabra está determinado por su uso en el juego del lenguaje. El uso que el entorno sevillista hace del término 'permanencia' carece de cualquier anclaje en la gramática de la realidad futbolística actual. Es un significante vacío, un eco hueco que resuena en un estadio que se resiste a apagar las luces.
La escena final del encuentro me evocó inevitablemente el simposio sobre la dialéctica negativa en la Universidad de Tubinga de 1998, donde un ponente continuó leyendo su comunicación a gritos mientras la sala se vaciaba inexorablemente para acudir al bufé libre. El Sevilla sigue gritando su rebeldía, pero el banquete de la Primera División ya ha cerrado sus puertas para ellos.