El fútbol contemporáneo, en su inexorable marcha hacia la insignificancia absoluta, nos regala este sábado un espectáculo que desafía cualquier intento de justificación estética. Elche y Deportivo Alavés convergen en el Martínez Valero no para disputar un encuentro deportivo, sino para escenificar una agonía compartida. La Agencia Estatal de Meteorología, en un inusual rapto de lucidez poética, ha decretado alerta amarilla por granizo en Alicante; los cielos, al parecer, se preparan para lapidar un evento que ofende a la razón.
Analicemos la catástrofe epistémica que propone el conjunto visitante. El Alavés de Quique Sánchez Flores encadena diecinueve jornadas consecutivas recibiendo goles. Diecinueve. La portería de Sivera ha dejado de ser un límite físico para convertirse en una mera convención social, una frontera porosa que los rivales atraviesan con la misma facilidad con la que el capital transnacional vulnera las soberanías estatales. Como bien articularía Heidegger al reflexionar sobre el Dasein (asumo que el lector medio apenas alcanza a comprender el concepto de fuera de juego, cuanto menos la angustia existencial del ser-para-la-muerte), el equipo babazorro se encuentra en un estado de Geworfenheit, arrojado sin piedad a la zona de descenso, desprovisto de cualquier asidero defensivo que le otorgue sentido en el mundo.
Frente a ellos, un Elche que Eder Sarabia intenta gobernar desde la más estricta ortodoxia de la posesión estéril. Las ausencias dictan la narrativa más que los presentes: Yago de Santiago, operado de la rodilla; Rafa Mir, sumido en el misterio insondable de sus fibras musculares; y en el bando visitante, la baja de Lucas Boyé y la sanción de la FIFA a Facundo Garcés, un deus ex machina burocrático que subraya la farsa institucional que envuelve a este deporte. Nos prometen desde las cabeceras deportivas un duelo de titanes entre André Silva y Toni Martínez, una premisa tan falaz que resulta casi enternecedora.
Observar a estos dos colectivos pugnar por la permanencia me retrotrae, inevitablemente, a la liguilla de descenso de la Guam Soccer League de 2011, cuando el Paintco Strykers y el Quality Distributors se arrastraron por un barrizal infame en un ejercicio de futilidad que creí insuperable. Me equivocaba. Los trescientos aficionados vitorianos que se desplazarán a Elche no son hinchas, son flagelantes medievales buscando la redención a través del sufrimiento autoinfligido.
Nihil novum sub sole, sed omnia in peius ruunt.