Empezamos mal cuando me entero de que el árbitro de una semifinal de Copa de Europa se llama Danny Makkelie. Con ese nombre no pitas un partido de hombres, con ese nombre pinchas techno a las cuatro de la mañana en una discoteca de Magaluf. Y claro, el partido fue exactamente eso: una sesión de ruido, luces y gente parada esperando a que una máquina decida por ellos.

El Atlético de Madrid y el Arsenal jugaron a lo que se juega ahora, que es a no tocarse mucho por si el del pinganillo se ofende. A los cuarenta y dos minutos, Hancko respira un poco fuerte cerca de Gyökeres y el neerlandés pita penalti. «Penaltito», dicen ahora los modernos en sus podcasts con micrófonos de colores. Un roce. Una caricia. Un soplido. Ver a un delantero de metro noventa desplomarse porque le han rozado el dorsal es una imagen que me revuelve las tripas. Le hemos quitado el barro al juego para ponerle moqueta.

El voleibol de Ben White

Luego llega la segunda parte. Llorente tira a puerta y Ben White saca a pasear el brazo como si estuviera bloqueando un remate en la playa de Riazor. ¿Y qué hace Makkelie? Nada. Siga el juego. Manda carallo. Tuvo que llamarle el del VAR, que seguramente estaba terminándose un sándwich mixto en la sala VOR, para decirle que en el fútbol no se puede jugar con las manos. Surrealista. Cobran millones por pisar el césped y necesitan que un oficinista a seiscientos kilómetros les explique el reglamento por un auricular.

Pero la traca final, el circo de tres pistas, llegó en el descuento. Eberechi Eze se tira a la piscina. Un piscinazo tan descarado que hace treinta años te costaba salir del estadio escondido en el maletero del utillero. Makkelie, por supuesto, compra la entrada y pita penalti. Y ahí nos tienes, cinco minutos de reloj esperando a que el VAR rebobine la cinta. Cinco minutos con el estadio congelado, los jugadores con las manos en la cintura y Simeone haciendo aspavientos como si estuviera espantando avispas.

Hay que ir al monitor. Hay que ver la repetición a cámara lenta, donde todo parece falta, hasta un parpadeo. Al final lo anuló, menos mal, pero el daño ya está hecho. El fútbol se ha plastificado. Hemos convertido un deporte de contacto en una auditoría fiscal donde cada jugada se revisa con lupa y compás. Y a mí, sinceramente, ya no me quedan fuerzas para aguantar tanta tontería.