La redacción de este medio, en su habitual indigencia intelectual, me exige que analice el inminente encuentro entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid. Los exégetas del periodismo deportivo contemporáneo insisten en denominar a este evento 'El Clásico', vaciando el significante de cualquier anclaje histórico para convertirlo en un mero producto de consumo televisivo que se emitirá, para desgracia del intelecto humano, a través de Movistar LaLiga.

El contexto clasificatorio dicta que la escuadra azulgrana, con ochenta y ocho puntos frente a los setenta y siete del conjunto blanco, podría proclamarse campeona del torneo de la regularidad este mismo domingo. Sin embargo, la verdadera noticia no reside en la aritmética, sino en la coreografía de la humillación que se está gestando en la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Según mis fuentes, el cuerpo técnico catalán ha dedicado las últimas sesiones preparatorias a ensayar un pasillo.

No se trata, entiéndase bien, del tradicional homenaje al campeón. Nos encontramos ante un pasillo de carácter estrictamente ortopédico y compasivo, diseñado para recibir a los escasos supervivientes del parte médico madridista. La voluntad de aplaudir a individuos como Valverde o Tchouaméni por el mero hecho de sostenerse sobre sus extremidades inferiores responde a lo que Jean Baudrillard definiría como el crimen perfecto de la realidad: el pasillo ya no representa el honor deportivo, sino que es un simulacro hiperreal que enmascara la absoluta falta de piedad del anfitrión. El homenajeado no es un rival, es un paciente en fase terminal.

Esta exhibición de falsa empatía culé me resulta dolorosamente familiar. Es exactamente la misma compasión coreografiada y vacua que me dispensaron los mediocres de mi antiguo departamento durante los infaustos acontecimientos de 2019, cuando orquestaron mi cese esgrimiendo excusas administrativas que no resistirían un análisis lógico de primer curso. Al igual que el Barcelona aplaudirá a un Real Madrid mermado para certificar su propia superioridad moral, aquellos supuestos académicos me despidieron con sonrisas de condolencia para ocultar su terror ante mi inminente publicación sobre la fenomenología del fuera de juego.

El domingo a las veintiuna horas, el espectador medio asistirá a este teatro de la crueldad creyendo presenciar un evento deportivo. Los jugadores blancos atravesarán ese túnel de aplausos condescendientes arrastrando sus vendajes, mientras el barcelonismo celebra un título liguero que, en el fondo, no es más que otra manifestación del declive simbólico de nuestro tiempo.