El marcador final dictó un 1-1.

La prensa deportiva habla de un partido dividido en dos mitades.

Hablan de un penalti para cada equipo.

Hablan de justicia poética.

La poesía es el refugio de los que no saben leer un mapa.

Mi obligación profesional me obliga a ser cuidadoso con esto.

Pero los números están ahí, a la vista de cualquiera que quiera mirar.

Dato 1: El Arsenal acumula exactamente 13 partidos sin perder en esta Champions.

Dato 2: Antoine Griezmann anuncia que este es su último partido europeo en casa antes de irse a Orlando.

Dato 3: El portero que sostiene el empate se apellida Raya.

Una raya.

Una línea divisoria perfecta.

Un penalti a un lado de la raya. Un penalti al otro.

Una parte para los de Arteta. Una parte para los de Simeone.

Simetría milimétrica.

Koke declaró al final del encuentro que el penalti en contra fue "dudoso".

Por supuesto que lo fue.

Alguien cuyo nombre no aparecerá aquí me confirmó anoche en los pasillos del Metropolitano que el árbitro miró el reloj tres veces antes de señalar el punto fatídico.

No miraba el tiempo. Miraba las coordenadas.

Julián Álvarez marcó de penalti.

Luego, un control defectuoso suyo propició el empate del Arsenal.

Minutos después, se retiró lesionado del tobillo.

El tobillo es la articulación que permite el giro. El cambio de dirección.

Cuando Julián amenazó con romper la simetría intentando un gol olímpico, su tobillo cedió.

El sistema se protege a sí mismo.

Griezmann se va a Orlando.

Orlando está en el condado de Orange. Naranja.

El color complementario del azul marino que viste el Arsenal en sus desplazamientos europeos.

Todo esto ya lo desarrollé extensamente en los borradores del capítulo 14 del corpus, que publicaré cuando las condiciones de seguridad sean las adecuadas.

El martes se jugará la vuelta en Londres.

A cero grados de longitud. En el meridiano de Greenwich.

Donde las rayas se trazan desde el principio de los tiempos.

Yo no creo en las casualidades...