La prensa deportiva contemporánea, esa catástrofe epistémica que nos asola a diario, insiste en presentar el inminente Clásico como un duelo deportivo. Semejante reduccionismo me produce una fatiga intelectual insoportable. Lo que presenciaremos este fin de semana no es un partido de fútbol, sino la clausura de un silogismo histórico: la consumación del 'ADN Barça' como Espíritu Absoluto hegeliano y la disolución definitiva del Real Madrid en la nada.
Observen el panorama continental, si es que su capacidad de abstracción se lo permite. Luis Enrique y Mikel Arteta, dos exégetas de la doctrina posicional, se citarán en la final de la Liga de Campeones. La filosofía blaugrana ya no es un mero sistema táctico; ha trascendido su materialidad para convertirse en la estructura misma de la realidad balompédica. Ante este despliegue innegable del Geist, el Real Madrid se nos presenta como una ruina ontológica, un ente vaciado de ser. Siento, y lo digo despojado de toda ironía, una profunda conmiseración por el circo de Arbeloa y compañía. Ver al madridismo actual aferrarse a sus viejos mitos de remontadas me recuerda dolorosamente a la patética obstinación del vicerrectorado durante los infaustos acontecimientos de 2019, cuando clausuraron mi seminario sobre fenomenología alegando una supuesta malversación de los fondos destinados a la máquina de café, negándose a aceptar que el verdadero déficit era su propia indigencia intelectual.
Pero detengámonos en la figura que mejor encapsula este triunfo culé: Ferran Torres. En unas declaraciones recientes que la prensa ha despachado con su habitual miopía analítica, el delantero ha afirmado: "Nadie se puede valorar más de lo que me valoro yo". Los plumillas ven aquí un exceso de confianza; yo veo la culminación del idealismo subjetivo de Johann Gottlieb Fichte. Ferran ha dejado de ser un extremo con problemas de definición para erigirse en el Yo Absoluto que se pone a sí mismo. Su autovaloración no depende de contingencias empíricas vulgares como el número de goles o las asistencias. Él es la medida de todas las cosas.
Frente a esta plenitud del sujeto blaugrana, el Madrid opone un vacío semántico desolador. Como postularía Wittgenstein, los límites del lenguaje táctico del Real Madrid son los límites de su mundo, y su lenguaje actual se reduce a un balbuceo inarticulado en el centro del campo. No hay plan, no hay concepto, solo la inercia de un cadáver que se niega a aceptar su estado de putrefacción.
El Clásico, por tanto, no será una contienda. Será un acto de eutanasia compasiva. El Barcelona, en su infinita superioridad moral y estética, aplicará el estoque final a un rival que ya solo existe como un error en la matriz del ser. Y nosotros, desde la grada del pensamiento, solo podremos observar cómo el ente madridista cae en el Verfallen heideggeriano, esa caída inauténtica en la cotidianidad de la derrota, mientras Ferran Torres sigue contemplando la inmensidad inabarcable de su propio ego.