Leo en la prensa deportiva de la meseta que el Barcelona ha cuajado una «temporada redonda». Una superioridad sostenida, dicen. Manda carallo. Resulta que ahora ganar el campeonato se resume en pasear el balón por estadios que parecen alfombras de hotel de cinco estrellas, contra defensas que piden perdón si te rozan la espinillera con los tacos. El equipo del entrenador teutón ha ganado, sí, pero permítanme que no tire cohetes cuando el nivel de exigencia de esta competición se ha vuelto más tierno que un bizcocho mojado en leche descremada.

Me fascina la poesía barata con la que adornan el asunto. Destacan, ojo al dato, el «reparto coral del gol» porque hasta seis chavales han superado la decena de tantos. ¿Reparto coral? ¿Qué pasa, que ahora el vestuario es el Orfeón Donostiarra? En la legendaria campaña del Lestedo do Sar, allá por el 92, no existía semejante tontería comunista del gol. Estaba Pichi Lucas, que enchufó veintiocho dianas aquella temporada alimentándose a base de empanada de xoubas y café de pota, y los demás nos limitábamos a mandarle el melón desde nuestra área persignándonos rápido. Eso era un esquema ofensivo de hombres, y no este tiquitaca de guardería donde parece que les da pudor chutar a puerta por si ofenden los sentimientos del guardameta rival.

Y hablando de porteros, le dedican odas a Joan García por parar balones. Que aporta seguridad a la portería, escriben los analistas. Nos ha jodido, ¡es el guardameta! Cobran millones para eso, no para hacer repostería fina. A nuestro portero en Tercera le llamábamos «O Gato de Teo», un animal de bellota que en un derbi comarcal paró un penalti con el pómulo, se tragó un empaste del impacto y jugó los ochenta minutos restantes escupiendo sangre en el área chica sin mirar al banquillo. Ahora el mérito supremo es tener buen juego de pies y no lesionarte al atarte los botines fosforitos.

Luego está el parte médico, que es para enmarcarlo y colgarlo en el museo del despropósito. Alaban a Pedri y al extremo brasileño diciendo que, aunque han estado de baja casi todo el año por contratiempos físicos, su «pausa» y su «generación de juego» han sido esenciales. O sea, que te pasas media temporada en la enfermería con el fisio poniéndote paños calientes porque te tira un isquio al bajar del autobús, juegas cuatro ratos tontos dando pases horizontales a dos metros, y te suben al altar de los héroes del barcelonismo. El fútbol se ha llenado de oficinistas del césped. Mientras tanto, en la capital cambiaron de míster como quien cambia de calcetines, poniendo al vasco de los trajes a medida y luego al otro, y se hundieron igual. Todo muy moderno, todo muy táctico, pero con menos sangre en las venas que un nabo gallego.

Hasta el sábado. (El sábado, más de lo mismo.)