Desde la redacción de este insigne medio me han mandado un recadito muy claro a primera hora de la mañana: «Tato, hoy queremos un análisis sobrio y neutral de las alineaciones del Clásico, nada de bilis». Vale. Perfecto. Voy a ser el tipo más frío y analítico de toda la península ibérica. Me voy a poner las gafas de cerca y voy a leer la hoja. Allá vamos.

Real Madrid: Arbeloa apuesta por Gonzalo y Huijsen.
Barcelona: Hansi Flick sale con Rashford y Ferran.

Lo he intentado. De verdad que lo he intentado con todas mis fuerzas, pero es que leo estos nombres de sopetón y me sale lava por la boca. ¿Qué clase de Clásico es este? Parece que los onces los ha elegido el nieto de mi vecino de abajo aporreando botones al azar en la maquinita de los marcianos.

Marisa me acaba de dejar una tila doble sobre el hule de la mesa de la cocina y me ha pedido, por favor, que deje de ladrarle a la pantalla del ordenador. Pero es que no puedo. Miro la defensa blanca y veo a un tal Huijsen. Y en frente, para rematar la faena, el Barcelona alinea a Marcus Rashford. ¡A Rashford! Un señor de Mánchester que seguramente piense que el pan amb tomàquet es una franquicia de comida rápida.

Ya sé, ya sé, parezco mi propio abuelo cuando le cambiaron el diseño a la etiqueta del Anís del Mono y se pasó dos meses diciendo que la sociedad moderna estaba condenada al colapso absoluto —y mira, al final el pobre hombre tenía toda la razón del mundo—. Pero es que nos han plastificado el partido de los partidos. Me exigen neutralidad periodística, me piden que hable de la ocupación de los espacios y de los bloques bajos, pero yo solo veo un desfile de cromos sin sentido donde los entrenadores parecen estar jugando a los dados con el prestigio de dos instituciones centenarias.

EL FÚTBOL SE MURIÓ EL DÍA QUE DECIDIMOS QUE LOS ONCES INICIALES DE UN CLÁSICO PARECERÍAN EL MENÚ DEGUSTACIÓN DE UN RESTAURANTE DE FUSIÓN.