Estaba yo purgando los radiadores del pasillo, que ya empiezan a sonar como las tuberías del Titanic, cuando enciendo el aparato de radio y escucho la última genialidad del deporte contemporáneo. Resulta que el señor de Setúbal, ese que siempre lleva gabardinas de diseño a los partidos, se planta delante del micrófono y suelta que tiene un noventa y nueve por ciento de posibilidades de seguir en su banquillo actual, pero que, oye, su representante está tomando cañas con los jefazos de la capital española.

¿Pero qué clase de broma macabra es esta? Un noventa y nueve por ciento. Ni que estuviera leyendo en voz alta la eficacia clínica de un espray antimosquitos.

Hemos llegado a un punto de no retorno en el que los profesionales de élite ya no negocian sus contratos, sino que emiten boletines estadísticos de madrugada. "No hay conversaciones entre el presidente y yo", dice el hombre, con esa cara de póker de hormigón armado que ensayan frente al espejo del cuarto de baño. Claro que no las hay, alma de cántaro. Para eso tienes a un señor repeinado con tres teléfonos móviles en la mano, recorriendo las terminales de Europa para ver quién le suelta el fajo de billetes más gordo, mientras tú te haces el despistado diciendo que tienes una propuesta de renovación que "aún no has visto". ¡Que no la ha visto! Seguro que la tiene traspapelada entre las facturas del gas y los catálogos del supermercado.

Ya sé que sueno como el típico nostálgico pesado que le grita a las nubes de tormenta, y puede que tengan razón, pero es que me tocan la moral estas coreografías modernas de despachos y maletines. En la temporada 91-92, cuando Pichi Lucas recibió una oferta suculenta para irse a jugar al Sporting Lampón, no mandó a ningún emisario con traje italiano a tantear el terreno. Se presentó él mismo en el despacho del presidente del Lestedo, que casualmente era la trastienda de una carnicería, dio un golpe seco en la mesa de cortar chuletones y dijo que o le doblaban la dieta de los desplazamientos o se llevaba sus botas de tacos a otro municipio. La cosa se resolvió en cinco minutos de reloj, sin intermediarios a comisión, sin porcentajes de probabilidad y con un apretón de manos pringado de sangre de ternera.

Pero claro, ahora todo es "lo que se dice y lo que no se dice". Todo son indirectas veladas, jueguecitos de palabras y echar balones fuera para no quedar mal con la grada, mientras el chófer ya va calentando el motor del coche por si hay que salir pitando hacia Barajas. Han convertido el mercado de fichajes en una telenovela turca donde nadie es capaz de mirar a los ojos y decir: "Me voy porque me pagan el triple".

Y encima el tipo remata la entrevista diciendo que "ninguno de nosotros es tonto". No, si de tontos no tienen ni un pelo. Lo que nos falta es algo de decencia deportiva para empezar a hablar claro.