La promesa electoral como acto performativo vacío, o: de cómo Enrique Riquelme reinventó el arte de la mentira con atrezzo televisivo
Permítame el lector —y uso el término lector en su acepción más generosa, consciente de que la mayoría habrá llegado aquí desde una historia de Instagram— que antes de abordar los hechos, establezca el marco hermenéutico pertinente.
Existe en la tradición de la filosofía del lenguaje una distinción cardinal entre los enunciados constativos y los enunciados performativos (J.L. Austin, How to Do Things with Words, 1962 —cito a Austin porque al menos nadie en este país finge haberle leído, lo cual resulta refrescante). Un enunciado constativo describe un estado de cosas. Un enunciado performativo hace algo al ser pronunciado. Cuando un candidato a la presidencia del Real Madrid desdobla una camiseta en televisión con el nombre HAALAND en la espalda, no está transmitiendo información: está ejecutando un conjuro. La distinción es crucial y nadie, absolutamente nadie en el plató de El Hormiguero (programa cuyo nombre constituye, ya de por sí, una declaración de intenciones epistemológicas), la atendió.
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I. La camiseta como objeto fetiche, o: Riquelme y la lógica del ilusionismo de feria
Enrique Riquelme, empresario de energías renovables de treinta y siete años (la energía que él gestiona es, al parecer, la única que en este asunto no es renovable), construyó durante días un dispositivo de suspense en torno a una prenda doblada sobre una mesa de televisión. La camiseta llevaba minutos allí, visible, aguardando como una evidencia judicial que nadie interroga.
El presentador Pablo Matos —a quien no achaco malicia, sino la clase de ingenuidad que solo puede cultivarse a décadas de distancia de la educación superior— desdobló el tejido con la solemnidad de quien levanta el acta de un concilio. Apareció el nombre. Apareció el nueve. El plató contuvo el aliento.
En ese preciso instante, Alfie Haaland (padre del interesado) y Rafaela Pimenta (agente del mismo) publicaban un comunicado conjunto que rezaba, en su parte sustancial: "Muy entretenido, pero no es verdad."
La simultaneidad entre la revelación y el desmentido tiene, para quien sepa apreciarla (y asumo que son pocos en este contexto), una calidad casi beckettiana. El mago saca el conejo del sombrero; el conejo niega, ante notario, haber estado nunca dentro del sombrero.
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II. Florentino Pérez, José Mourinho y la campaña como teatro del absurdo en formato repost
Debo señalar que Florentino Pérez, setenta y nueve años, respondió al espectáculo de su rival desplegando a José Mourinho como imagen de campaña en redes sociales.
Medítese esto con la calma que merece.
Un hombre que lleva diecisiete años presidiendo la institución futbolística más poderosa del planeta ha decidido que su respuesta al populismo televisivo de un empresario de paneles solares es publicar un vídeo de José Mourinho. No de un filósofo. No de un economista. No de un estadista. De José Mourinho.
Riquelme, al ser informado de esta jugada, manifestó que Mourinho "no encaja en su proyecto" y que tiene otro entrenador en mente, cuyo nombre revelaría en viernes o sábado ("Dennme un par de días más", dijo, con la serenidad de quien sabe que nadie va a pedirle responsabilidades antes del domingo).
Esta secuencia —promesa sin nombre, revelación diferida, desmentido fulminante del protagonista, contraprogramación mourinhesca— no es una campaña electoral. Es el escaleta de un concurso de telerrealidad al que alguien ha otorgado, por error administrativo, consecuencias jurídicas reales.
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III. La garantía notarial: cuando el derecho mercantil deviene performance artística
Riquelme firmó, en cámara, lo que describió como una "garantía personal notariada" comprometiéndose a pagar el cien por cien de las cuotas de los cien mil socios del Real Madrid en caso de no cumplir sus promesas.
Esto plantea varias preguntas que el moderador del programa no formuló:
- ¿Cuál es el valor jurídico de un documento firmado en el plató de El Hormiguero?
- ¿El notario estaba presente o fue también una promesa para viernes o sábado?
- ¿Qué ocurre cuando los compromisos adquiridos en televisión a las once de la noche colisionan con la realidad documentada de que el interesado no tiene ninguna cláusula de rescisión firmada con nadie?
Manchester City, organización que gestiona sus comunicaciones con una sequedad anglosajona que admiro profundamente en su contraste con el meridional barroquismo que nos ocupa, emitió un comunicado al día siguiente: "No existe ninguna cláusula contractual que lo permita. Estamos considerando acciones legales por el uso de la imagen de nuestro jugador."
La imagen de Haaland, conviene recordarlo, fue impresa en una camiseta sin su consentimiento para ser desvelada en un programa de entretenimiento español. In flagranti delicto de la razón.
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IV. El precedente: Figo, el verano del 2000, y por qué esta vez nadie debería confundirse
Se invoca con frecuencia el precedente de Luís Figo. En el año 2000, Florentino Pérez prometió fichar al portugués —entonces emblema del Barcelona— si ganaba las elecciones. Lo fichó. Los hinchas del Barça le arrojaron una cabeza de cerdo en el Camp Nou. La historia quedó tallada en el mármol del ridículo épico.
La diferencia entre aquel momento y el presente no es de escala, sino de naturaleza ontológica: Pérez tenía un acuerdo verbal con Figo antes de hacer la promesa. Riquelme tiene una camiseta comprada en una imprenta de Leganés y un padre noruego con cuenta en X.
El error de quienes equiparan ambos episodios es el mismo que comete quien confunde la ejecución de una sinfonía de Mahler con la reproducción de su carátula en formato JPEG: la apariencia superficial es similar; la sustancia, radicalmente distinta.
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Coda: sobre la condición electoral del fútbol-club y el sufragio universal como tragedia de masas
El Real Madrid es, junto a Barcelona, Athletic Club y Osasuna, uno de los cuatro grandes clubes españoles que conservan la estructura societaria de propiedad de sus socios. Los presidentes se eligen en votación. Este modelo, que los teóricos de la gobernanza deportiva celebran como ejemplo de democracia participativa, produce, en la práctica, el espectáculo que acabamos de diseccionar.
La democracia, grosso modo, exige que el electorado sea capaz de evaluar la verosimilitud de las promesas que se le formulan. Cuando esa capacidad evaluativa se ejerce en el contexto de un programa de entretenimiento nocturno, ante una camiseta doblada con nombre ajeno, con el desmentido del interesado ya circulando en tiempo real por las redes de comunicación global, uno se pregunta —sin ánimo de ofender al sufragio universal, institución que respeto en la medida de lo posible— si la democracia directa en los clubs de fútbol no es simplemente el mecanismo más eficiente que el ser humano ha diseñado para la producción industrial de vergüenza ajena.
Rodri, al que Riquelme también prometió como refuerzo "si soy presidente", no ha comentado el asunto. Su silencio es, en estas circunstancias, la posición filosófica más sólida disponible.
Sufficit.