El Raulismo ha llegado. Agárrese.
Era martes por la noche y yo estaba intentando abrir un bote de berberechos en conserva cuando la radio del salón me soltó la noticia. Enrique Riquelme, ese señor que llevaba quince días apareciendo en todas las pantallas como quien sale de detrás de un matorral con un plan de empresa bajo el brazo, ha confirmado a Raúl González Blanco como director deportivo del Real Madrid. Si gana las elecciones, claro. Pero ya sabe usted cómo funciona esto: en cuanto sueltas a Raúl en el ruedo, el bote de berberechos puede esperar.
Al principio pensé que era una broma. Luego me acordé de que el fútbol moderno ya no gasta energía en bromear — el fútbol moderno gasta energía en aparecer en El Hormiguero con cuatro millones de espectadores para anunciar su próximo movimiento como si fuera el tráiler de una película de acción.
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Raúl sale de la cueva
Seis años. Seis años estuvo Raúl al frente del Castilla esperando que alguien arriba le abriera una puerta. Le abrieron la puerta a Zidane. Le abrieron la puerta a Solari. Llegaron Ancelotti, Xabi Alonso, la caída ante el Eldense en las promociones de ascenso a Segunda, y Raúl seguía ahí, en Valdebebas, con la Youth League ganada bajo el brazo y la expresión de quien sabe perfectamente lo que está pasando pero ha decidido no decir ni una palabra.
Eso se llama dignidad. O paciencia. O las dos cosas a la vez, que a veces coinciden en el mismo hombre.
Lo que no se llama es casualidad. Porque Raúl no se ha unido a Riquelme por entusiasmo político. Raúl se ha unido a Riquelme porque Florentino Pérez lleva veinticinco años mirándole como si fuera el primo simpático en la boda — le das un abrazo, le dices que qué guapo estás, y luego le sientas en la mesa del fondo junto al sonido.
Eso tiene un nombre en el fútbol de toda la vida. En el vestuario del Lestedo del 92 no lo habríamos llamado estrategia electoral. Lo habríamos llamado: tener una cuenta pendiente y esperar el momento.
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Florentino necesita magia
Se dice — y esto me llega por las bambalinas de las bambalinas, que es donde habitan las verdades feas del fútbol presidencial — que en el entorno de Florentino llevan días repitiendo que "necesitan magia". La traducción sencilla: que el hormigueo de Riquelme les ha dado en una parte del cuerpo que nunca pensaron que podrían alcanzar desde fuera.
Necesitan magia. Claro. Porque cuando tu rival electoral saca a Raúl González Blanco como director deportivo, tú ya no puedes contraatacar con un comunicado de prensa. Tienes que sacar algo que brille más. Y en el Real Madrid del siglo veintiuno brillar más es un deporte de élite que requiere presupuesto, contactos internacionales y probablemente un par de llamadas a alguien en un huso horario que ya está dormido.
Mientras tanto, Riquelme se va a El Hormiguero. Cuatro millones de espectadores. El mismo programa donde van los cantantes a promocionar su disco y los chefs a vender su libro de recetas. Y ahora va un candidato a presidente del Madrid a soltar su siguiente gran reclamo futbolístico. Me sale lava por dentro sólo de pensarlo, pero hay que reconocer que funciona.
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El problema de ser conservador
Aquí es donde me cuesta un poco no ponerme a chillar al balcón, así que intentaré mantener la compostura.
Raúl tenía ofertas. Tenía el Schalke — el mismo Schalke donde jugó después del Bernabéu, en la segunda división alemana. Un salto con red. Un salto con riesgo. El tipo de salto que te construye como entrenador y te pone en el mercado de los grandes banquillos con un currículum que no necesita apellido para abrirse paso.
No lo hizo. Fue conservador. Y yo entiendo la prudencia — en el fútbol moderno la prudencia a veces es lo único que te queda cuando el de arriba no te llama al despacho — pero ahora mismo esa prudencia le ha dejado sin el contraste que necesitaría para sentarse en el banquillo de un grande con algo más que el escudo en el pecho y la memoria colectiva de un estadio.
La dirección deportiva es otra cosa. Ahí Riquelme no se equivoca: Raúl tiene el club en la cabeza desde que tenía dieciséis años. Conoce la cantera, conoce los jugadores, conoce qué significa construir desde abajo porque él mismo le modificó el juego a Gonzalo para que pasara de la banda al área. Eso no es poca cosa. Eso es trabajo. El tipo de trabajo que no sale en los titulares pero que aparece tres años después cuando el chaval mete el gol que te salva la temporada.
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Lo que esto es en realidad
Mire, yo ya sé que parezco un mayor que se emociona con el fútbol de los años noventa y no entiende los PowerPoints de las candidaturas electorales. Y puede que tenga parte de razón.
Pero lo que está pasando aquí tiene muy poco de PowerPoint y mucho de historia personal. Esto es el Raulismo contra el Florentinismo. Dos maneras de entender lo que es el Madrid. Una candidatura construida sobre el reconocimiento que nunca llegó y un presidente que durante veinticinco años ha gobernado convencido de que la grandeza se compra en el mercado de enero.
Riquelme va al Hormiguero. Florentino busca magia. Y Raúl, a sus cuarenta y ocho años, ha decidido que ya es suficiente esperar en el pasillo.
EL FÚTBOL NO PERDONA LAS PUERTAS QUE NUNCA SE ABREN, PERO SÍ RECUERDA QUIÉN LAS MANTUVO CERRADAS.
Hasta el sábado. (El sábado, más de lo mismo.)