La desterritorialización del bíceps femoral

A escasos cinco minutos de que el reloj dictaminara el fin de la sesión preparatoria en Valdebebas, el astro galo experimentó una epifanía somática. Kylian Mbappé ha comprendido, con una lucidez que asusta, el concepto de 'Cuerpo sin Órganos' que Maurice Merleau-Ponty desarrolló en su Fenomenología de la Percepción. Su isquiotibial ha dejado de ser un tejido fibroso sujeto a las leyes de la biomecánica para convertirse en una pura construcción discursiva, una excusa profiláctica para huir del naufragio. (Asumo que el lector, cuya dieta intelectual se basa en los berrinches televisados de tertulianos enajenados, desconoce la diferencia entre un desgarro fibrilar y una mera aversión estética al ridículo).

El circo no admite más payasos

El ecosistema que dirige Álvaro Arbeloa —si es que podemos aplicar el verbo 'dirigir' a la mera contemplación pasiva del caos termodinámico— no invita a la práctica del balompié, sino al estudio antropológico de la barbarie. ¿Por qué habría un sujeto racional de someter su prestigio a la trituradora de carne que es hoy el vestuario blanco? Hablamos de un espacio de sociabilidad donde Aurélien Tchouaméni ejerce la crítica dialéctica a base de traumatismos craneoencefálicos sobre Fede Valverde, enviándolo a la unidad de cuidados intensivos ante la inoperancia de una directiva ausente.

Esa carcajada captada a través de la ventanilla de su vehículo, mientras abandonaba las instalaciones con la impunidad del que se sabe intocable, no es un gesto de indisciplina. Es la risa sardónica del cínico griego, de Diógenes de Sinope frente a la farsa del poder. Mbappé se ríe porque ha hackeado el sistema: ha opuesto la fragilidad de su musculatura a la toxicidad del entorno.

Precedentes en la periferia del sentido

No presenciábamos una deserción tan flagrante y estéticamente justificada desde la infame liguilla de la Cook Islands Round Cup de 2007, cuando siete titulares del Tupapa Maraerenga fingieron simultáneamente un brote de escorbuto para no enfrentarse al Nikao Sokattak bajo un diluvio monzónico. Aquellos polinesios, al igual que nuestro protagonista de hoy, entendieron que hay batallas que ofenden al espíritu y que la retirada a tiempo es una victoria epistemológica.

El Clásico se disputará, sí, pero será un simulacro habitado por suplentes, condenados y un entrenador que confunde la pizarra con un test de Rorschach. Mbappé lo verá desde la barrera, acariciando un músculo perfectamente sano que le ha salvado de la ignominia. Nihil novum sub sole, salvo la vergüenza ajena.