Las elecciones del Madrid, o cómo organizar el caos más caro de Europa
Estaba yo el domingo por la noche terminando el último sorbo del café de después de cenar — ese que Marisa me tiene dicho que no tome porque luego no pego ojo hasta las tres — cuando la radio empezó a hablar de los votos impugnados del Real Madrid. Me quedé quieto. Con el pocillo en la mano. Como si me hubieran pegado un capirotazo en la frente con un dedo mojado.
1.500 papeletas impugnadas. En un proceso que se suponía blindado con acta notarial, con intervención de fedatario público, con toda la parafernalia de un Estado moderno que ha dedicado sus mejores juristas a garantizar que treinta y tres mil señores con carné de socio puedan marcar una crucecita en un papel sin que se arme la de Dios.
Y se ha armado la de Dios.
El señor Pablo Bordás y el sobre que no tenía lo que tenía que tener
El caso que más me ha carcomido, y mira que hay donde elegir, es el de Pablo Bordás, treinta y dos años, socio del Real Madrid, que quiso cambiar el sentido de su voto a lo largo de la campaña. Cosa perfectamente legítima. Cosa que le pasa a cualquiera que tiene dos dedos de frente y escucha los argumentos con un poco de atención.
El problema es que Pablo había pedido el sobre de voto por correo a través de la candidatura de Florentino. Y cuando quiso votar al otro, ya no pudo. Porque en el sobre no estaba la papeleta de Riquelme. Porque el sobre te lo habían gestionado ellos. Porque resulta que en este tipo de democracia madridista, quien te pone el sobre decide, con más o menos disimulo, qué metes dentro.
"Esto en el Real Madrid no puede ser", dijo Pablo Bordás.
Y tiene razón, Pablo. Aunque yo añadiría que tampoco puede ser en el Ayuntamiento de Ribadumia, ni en la comunidad de vecinos del bloque de enfrente, ni en ningún sitio donde se presuma de que el sufragio es libre.
Doble sello notarial, dos DNI en el mismo sobre, y las matemáticas del caos
Luego están los detalles técnicos, que son los que me hacen levantarme del sillón y empezar a dar vueltas por el pasillo. Papeletas con doble sello notarial. Sobres con dos DNI dentro. Sobres que parecen haber sido abiertos y vueltos a cerrar.
Si esto te lo cuentan en el bar, dices que exageran. Si lo ves escrito en el periódico, te entra el vértigo de que a lo mejor el bar tiene razón más veces de las que creemos.
En total, de los 3.600 votos por correo emitidos, resultaron impugnados 1.500. Mil irregulares para Florentino. Quinientos para Riquelme. Y luego Florentino, en su discurso de victoria — el domingo por la noche, con la banda puesta y el estómago lleno — anunció que recurriría esas impugnaciones. Las propias. Las que le favorecen menos.
"Vamos a recurrir todo", que en el lenguaje electoral de los que ya han ganado se traduce como: "Vamos a alargar esto el tiempo suficiente para que nadie recuerde el nombre del resultado cuando se resuelva."
Cinco horas para contar treinta y tres mil votos
Oye, que tardaron más de cinco horas en contar los votos. En sesenta mesas electorales. Para treinta y tres mil papeletas.
He sacado el lápiz y he hecho las cuentas en el margen del periódico: salen a unas quinientas cincuenta papeletas por mesa. Yo, con Marisa y los dos sobrinos contando alubias en Navidad para ver cuántas caben en el bote, acabamos antes y encima merendamos.
No digo que sea fácil. No digo que organizar unas elecciones de club sea sencillo. Digo que si Florentino Pérez lleva décadas diciéndonos que el Real Madrid es la institución deportiva más grande del mundo, igual podría invertir una parte del presupuesto de fichajes de un lateral suplente en montar un proceso electoral que no parezca el primer ensayo general de un pueblo que acaba de descubrir la democracia representativa.
El aval, los plazos, y la democracia que te dejan usar si traes el papel firmado
En el equipo de Riquelme llevan semanas quejándose de los plazos. Del aval desproporcionado. Del adelanto electoral más propio, dicen ellos, "de un proceso poco democrático".
Y mira, yo no soy abogado. Soy un hombre que ha votado en muchas cosas a lo largo de su vida, algunas más importantes que otras, y lo que sé es que cuando el reglamento lo escriben los que ya están dentro, el reglamento suele proteger muy bien a los que ya están dentro. Eso no es una conspiración. Eso es física básica.
Los estatutos los aprobaron los socios, sí. Pero los socios del Real Madrid llevan tantos años sin que nadie les presente una alternativa real que han terminado votando el reglamento como quien firma los términos y condiciones del móvil: sin leerlo, porque total para qué.
"Vimos mucho miedo"
La frase que más me ha pegado de todo lo que he leído es esa. "Vimos mucho miedo", cuenta la gente de la candidatura perdedora.
Miedo de los socios. Miedo a votar en contra. Miedo a que te vean, a que te llamen, a que alguien de la junta sepa que marcaste la otra papeleta.
Yo no sé si ese miedo es real o es la lectura interesada de quien acaba de perder con una diferencia de veinte mil votos. Puede ser las dos cosas a la vez. En el fútbol, como en la vida, a veces uno pierde y tiene razón, y eso es lo más desesperante de todo.
Lo que sí sé es que Florentino ganó casi sin hacer campaña. Le bastó "no equivocarse y dibujar dos nombres y una promesa de fichaje en el aire", según el periódico. Dos nombres. Una promesa. Veintiún mil setecientos cuarenta y un votos.
Eso, en cualquier otro deporte, en cualquier otra institución, en cualquier otro contexto, te generaría preguntas incómodas. Aquí solo te genera el discurso del domingo por la noche con la banda puesta.
EN EL FÚTBOL MODERNO, EL VOTO LIBRE ES EL QUE TE DEJAN METER EN EL SOBRE QUE TE HAN PREPARADO ELLOS.
Hasta el sábado. El sábado, más de lo mismo.