Estaba yo intentando sacar el pan atascado de la tostadora con un cuchillo de untar mantequilla, ignorando las advertencias de mi santa esposa de que me iba a quedar frito en el linóleo de la cocina, cuando la radio empezó a escupir el sainete del día. Resulta que el gran jefe de la constructora blanca, el señor del palco de cristal, ha salido a dar una rueda de prensa con la actitud de un sargento rodeado por el enemigo. Ha convocado elecciones porque la cosa aprieta, y lo ha hecho soltando una de esas frases que a los modernos les encanta poner en letras de neón.
"¡Me tendrán que echar a tiros, no voy a dimitir aunque el estadio suene a lata de sardinas y los niños lloren en el vestuario!"
Manda carallo con la épica de los despachos. Parece que si no ganas una copa de metal forjado cada primavera, tu vida se convierte en un capítulo descartado de una novela de espionaje.
El drama de no ganar cada jueves
Me entra una urticaria por todo el espinazo cuando escucho a estos cronistas hablar de "crisis profunda" porque llevan veinticuatro meses sin pisar la fuente con la bufanda. ¡Dos añitos en blanco! ¡La tragedia! ¡Llamen al Samur! Hablan de un vestuario completamente roto porque el chaval francés de las piernas rápidas descompensó los egos y el alemán rubio decidió irse a su casa a descansar. Se les rompe el vestuario, dicen, porque unos cobran más y otros ya no son titulares indiscutibles.
En la Tercera gallega del 91, el vestuario se rompía literalmente porque el viento se llevaba el techo de uralita en pleno noviembre y nos caía una ciclogénesis explosiva encima mientras nos poníamos las espinilleras mojadas. Y te aseguro que ninguno llamaba a la prensa de la capital para decir que no se sentía valorado por el cuerpo técnico.
La trituradora de los banquillos
Ahora la solución para arreglar que los millonarios no se dan los buenos días en el buffet libre es fulminar entrenadores como si fueran bombillas fundidas. Se cargaron al italiano de la ceja arqueada, empaquetaron al vasco de los abrigos de diseño, y ahora tienen al pobre técnico interino recogiendo sus cosas. ¿Y a quién planean traer para apagar el fuego? Al traductor portugués gruñón.
Claro que sí. La gran solución es traer de vuelta al señor que aparca el autobús en el área chica y reparte miradas asesinas en las ruedas de prensa. Total, igual metiendo once tíos colgados del larguero consiguen tapar el ruido de los conciertos de ese estadio supermoderno que les ha quedado con la insonorización de un cajón de pladur.
El método de la ría
Mi excompañero Pichi Lucas, que en paz descanse su infinita paciencia, jamás habría tolerado que un vestuario se viniera abajo por culpa de los grupitos y los pases mal dados. Una vez, el extremo izquierdo del equipo se compró unas botas fosforitas y trajo un radiocasete al vestuario con la música a todo volumen para hacerse el chulo. Pichi lo agarró por el asa y se lo tiró directamente a la ría sin decir ni media palabra. Problema de ego solucionado y todos a correr por la banda en silencio.
Hoy en día les metes a un delantero estrella con una cuenta bancaria con más ceros que la deuda externa, y el ecosistema colapsa porque no saben quién tiene que tirar los penaltis para subir el resumen a sus redes. Así que nada, a votar en las urnas y a blindarse en el palco. Hemos plastificado el deporte de tal manera que un par de temporadas sin campeonar se tratan como la caída del Imperio Romano. Yo, por mi parte, voy a ver si consigo sacar la tostada sin perder los dedos de la mano, que eso sí que exige valor de verdad.