El Bernabéu como dispositivo de destrucción semántica: una deuda de 1.170 millones y la pregunta que nadie en la Academia se atreve a formular
Por el Prof. Aurelio Vallés, analista de declive simbólico y otras patologías modernas
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Hay momentos en la historia del pensamiento —y me refiero aquí al pensamiento de verdad, no al que se produce en las tertulias de la cadena COPE a las 22:47 de un viernes— en los que la realidad empírica tiene la amabilidad de ilustrar, con una claridad casi pedagógica, lo que los filósofos hemos intentado articular durante décadas sin que nadie nos prestase la atención debida. Hoy, ese momento es el balance contable del Real Madrid Club de Fútbol, y el concepto que ilustra es el de contradicción performativa.
Permítame el lector (asumo que el lector llega aquí desde un titular de redes sociales y no ha leído nunca a Adorno, pero haremos el esfuerzo colectivo) que empiece por los hechos, que en este caso son más elocuentes que cualquier proposición normativa.
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I. La aritmética como tragedia griega
El Real Madrid ha contraído, en tres actos que un dramaturgo de mediana competencia podría haber estructurado con mayor elegancia, una deuda total de 1.170 millones de euros para la remodelación del Santiago Bernabéu. Hay que detenerse en esta cifra. No para comprenderla —la comprensión es una categoría epistemológica que el fútbol moderno ha renunciado a frecuentar—, sino para contemplarla en toda su obscena magnitud.
Trescientos noventa y ocho mil millones de pesetas, si el lector prefiere una unidad de medida que le permita relacionar la cantidad con alguna experiencia vital previa a la entrada del euro. El presupuesto inicial se ha duplicado, nos dicen, por la inflación y por "ciertas mejoras no contempladas en origen" (esta perífrasis administrativa es, en sí misma, una obra maestra de la eufemística que merece un seminario propio, aunque sospecho que ningún vicerrectorado lo aprobaría).
A todo ello se añade el acuerdo con el fondo Sixth Street —denominación que posee la inquietante ambigüedad semántica de un bufete de abogados en una novela de John Grisham— por el que el club cedió el 30% de la explotación no futbolística del estadio durante los próximos veinte años a cambio de 360 millones adicionales. Esto es lo que la economía llama monetización de activos futuros. Lo que yo llamo es la venta del mañana para pagar el ayer, operación que el pensamiento escolástico medieval hubiese calificado de usura y que el pensamiento contemporáneo califica de structured finance, que viene a ser lo mismo con mejor tipografía corporativa.
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II. El apalancamiento o la razón instrumental en su estado puro
Las cuentas auditadas sitúan el nivel de apalancamiento del club en 7,5 veces el EBITDA. Para quien no frecuente la literatura financiera —y no hay motivo alguno para frecuentarla, salvo la desgracia profesional— esto significa que la deuda equivale a siete años y medio de beneficio bruto operativo. El auditor, con ese estoicismo propio de quien ha decidido no mirar demasiado directamente al sol, ha emitido sus informes "sin salvedades".
Sin salvedades. Me detengo en esta expresión porque encierra, con la concisión de un haiku contable, toda la fenomenología del pensamiento mágico institucional. Sin salvedades significa, en la práctica, que el modelo funciona siempre y cuando ocurra exactamente lo que se prevé que ocurra, lo cual es, como cualquier estudiante de primer curso de Epistemología podría atestiguar, la negación misma del concepto de riesgo.
El modelo económico del Real Madrid descansa, nos informan varios estudios de auditoría externa, enteramente en que se materialice el salto previsto de ingresos del estadio. Los conciertos. Los aparcamientos. La explotación comercial de un recinto que, conviene recordarlo, fue diseñado originalmente para que veintidós hombres persiguieran un balón esférico con finalidades agonísticas, y que ahora debe sostener también la deuda de su propia existencia.
Si el salto de ingresos no se produce —y aquí es donde el análisis adquiere su dimensión verdaderamente trágica, en el sentido aristotélico del término y no en el sentido del presentador de El Chiringuito— el club deberá contraer nueva deuda para pagar la deuda existente. Esta es la descripción técnica de lo que Aristóteles llamaría hamartía y los acreedores de Goldman Sachs llaman "situación subóptima de liquidez".
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III. Las elecciones como pantomima ante el abismo
Todo esto ocurre en vísperas de unas elecciones —las que enfrentan a Florentino Pérez y a Enrique Riquelme— que los medios deportivos han cubierto con la intensidad habitual reservada a los fenómenos que tienen más de liturgia que de decisión política real.
Permítame una observación que el lector puede tomar como le plazca (aunque espero que la tome como la advertencia filosófica que es): el ganador de esas elecciones no hereda un club de fútbol, hereda una estructura de pasivos a treinta años con un césped en el centro. La diferencia no es trivial. Un club se administra con criterios deportivos, sentimentales, simbólicos. Una estructura de pasivos se administra con criterios de flujo de caja descontado, y el fútbol, en este escenario, deviene un accidente geográfico en el balance.
Las candidaturas han prometido fichajes. Ambas. Con la soltura de quien promete lo que no le pertenece todavía, en el lenguaje de la campaña que los anglosajones —pueblo de escasa profundidad metafísica pero notable competencia retórica— denominan wishful thinking y que yo denomino, con más precisión, la confusión entre el proyecto y el presupuesto para el proyecto.
La caja disponible ha caído de 773 millones en 2021-22 a menos de 176 millones al cierre de 2025. Se han financiado Mbappé, Vinicius, Bellingham y la cubierta retráctil del estadio con la misma tesorería. El resultado es que la tesorería ya no existe con la holgura que existía. Esto no es un juicio moral. Es una identidad contable.
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IV. La lección que nadie aprenderá
Hay una competición que el analista balompédico de formación continental jamás debería ignorar: la Dhivehi Premier League de las Maldivas, donde el New Radiant Sports Club ha gestionado durante tres décadas consecutivas una política de infraestructuras que jamás ha superado en presupuesto lo que el club generaba en ingresos corrientes. No tienen estadio propio. Tampoco tienen 1.170 millones de deuda. La correlación es, como mínimo, digna de nota.
No sugiero, naturalmente, que el Real Madrid debiera jugar en un campo sin cubierta retráctil en el Océano Índico. Sugiero únicamente que la grandeza arquitectónica y la sostenibilidad financiera no son, como el club ha parecido asumir durante la última década, conceptos sinónimos.
El Bernabéu es, hoy, el monumento más caro de España que no es propiedad del Estado. Y el Estado, al menos, puede imprimir moneda cuando se queda sin efectivo. El Real Madrid, no.
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V. Conclusión provisional
El fútbol moderno ha culminado, con el caso del Santiago Bernabéu, la operación que lleva décadas ejecutando con paciencia admirable: la subordinación completa del juego al estadio, del estadio al contrato de explotación, del contrato de explotación al fondo de inversión, y del fondo de inversión a una lógica de acumulación que tiene tan poco que ver con el balón como yo tengo que ver con los criterios de selección de mi antiguo departamento.
Lo que se juega el próximo presidente del Real Madrid no es una Copa de Europa. Es una renegociación. Y eso, aunque duela decirlo —y duele, porque el fútbol, en su versión pre-mercantil, fue genuinamente bello— es lo que el club se ha convertido: una entidad de propósito especial con afición incorporada.
Sic transit gloria, et etiam stadium.