Un partido tristón y un diván de psicoanálisis

El Madrid despachó al Oviedo en uno de esos partidos de trámite que tienen menos sustancia que un caldo de hospital. Ganaron con goles del chaval Gonzalo y del inglés de las zancadas largas. Lo único que se salvó de la quema en toda la noche fue la despedida a Santi Cazorla, un pelotero de los que ya no fabrican y que se llevó el respeto del respetable. Pero claro, aquí lo que menos importa es que la pelotita ruede con sentido o que se despida a una leyenda. Hemos venido a consumir drama de telenovela de sobremesa.

Resulta que el ariete galo pisó el verde en la segunda parte, la grada le regaló una pitada que se debió escuchar hasta en la sierra, y el hombre no tuvo mejor idea que salir a la zona mixta a hacer terapia grupal. Soltó por esa boca que su entrenador le considera el cuarto delantero de la plantilla. Pero ojo a la excusa dorada para justificar que no se entera de lo que dice su superior jerárquico: «No veo las ruedas de prensa del míster. En casa tengo la televisión francesa, no la española».

Manda truco el asunto. Un tipo que cobra al mes el equivalente al presupuesto del Ministerio de Obras Públicas justificando que no atiende a su jefe porque no le entra el TDT en el chalé. ¿Qué me están contando? ¿Acaso se le ha roto el decodificador pirata? Tienen a nutricionistas midiéndoles el porcentaje de grasa en los párpados y fisioterapeutas que les cantan nanas en arameo, pero el chaval no sabe descargarse una aplicación en la tableta para ver si el que manda le manda a calentar o al banquillo.

El míster interino, que tiene menos paciencia que un maestro de primaria a finales de junio, le devolvió el golpe en la sala de prensa recordando que hace cuatro días el chaval estaba en la enfermería. La zona mixta se ha convertido en el confesionario de un reality show barato, pero con botes de desodorante patrocinado de fondo. Antes, si tenías un problema con el que hace las alineaciones, le pegabas un grito en las duchas y al día siguiente te dedicabas a correr el doble en los entrenamientos hasta escupir los pulmones. Hoy se mandan indirectas por los micrófonos como si fueran dos adolescentes enfadados en el patio del instituto porque uno no le ha dado a 'me gusta' en la foto del otro.

Y para rematar la opereta, van los de seguridad y retiran unas pancartas en la grada porque el público no puede protestarle al mandamás del palco. Han dejado el fútbol convertido en un teatro de cristal donde nadie puede alzar la voz, salvo para quejarse de que su proveedor de internet no le incluye el canal autonómico. Cierren la puerta por fuera al salir.