Estaba yo esta mañana dándole con el nanas a la bandeja del horno, con Marisa diciéndome que no apretase tanto que rayo el esmalte, cuando escucho en la radio deportiva lo de la famosa "guerra fría". Una guerra fría entre el chaval brasileño de los regates y el francés de los berrinches. Me sale lava por el esternón, os lo juro. Resulta que llevan meses midiéndose los centímetros de ego con un calibre de precisión porque uno quiere cobrar un céntimo más que el otro y porque el de más allá no baja a defender cuando el lateral contrario le pasa por el lado como si fuera el camión de la basura saltándose un stop.

Dicen las crónicas, con esa prosa de novela rosa de aeropuerto, que se han dividido en facciones. Facciones. Como si fueran la Resistencia francesa contra la ocupación. Unos se juntan con el inglés larguirucho y otros con el mediocentro galo, y no se hablan porque el mister nuevo mira mejor a uno que al otro en los rondos. ¡A los rondos! Que tienen veintitantos años, el lomo cubierto de millones y un ejército de pelotas masajeándoles las pantorrillas, y su máxima preocupación vital es si les buscan la mirada cómplice al salir del túnel de vestuarios.

Esto Pichi Lucas lo arreglaba en diez minutos, y lo sabe Dios. En el vestuario del Lestedo, en aquella mítica temporada 91-92, Pichi se tiró tres meses sin hablarse con el interior derecho porque le tiró una jarra de cerveza sobre los zapatos de charol en la cena de Navidad. Tres meses de silencio sepulcral. Pero el domingo, si el interior la pedía al hueco, Pichi se la ponía al milímetro, y si el defensa le entraba fuerte al chaval, Pichi le dejaba los tacos marcados en el muslo al rival. Luego ni se miraban en las duchas, pero en el campo eran una trituradora de carne porque se jugaban la prima de cinco mil pesetas para pagar las letras de la lavadora. Ahora resulta que si el compañero te cae un poco atravesado, dejas de correr y le haces pucheros al entrenador para que dicte una orden imperial de que te pasen más la pelotita.

Ya sé, ya sé, Marisa siempre me dice que parezco mi padre despotricando contra el televisor, y mi padre tenía toda la razón del mundo. Hemos consentido que el deporte profesional se convierta en una convención de mimados con rodillas de cristal donde los entrenadores entran pidiendo permiso para respirar. Uno se va a su casa en París porque le duele la articulación y está "harto del servicio médico". ¡Harto!

ESTOS CHAVALES NO AGUANTARÍAN NI DIEZ MINUTOS CALENTANDO EN LA BANDA DE UN PATATAL LLENO DE BARRO MIENTRAS LA GRADA LES RECUERDA A SUS DIFUNTOS.

Hasta el sábado. (El sábado, más de lo mismo.)